5 de Abril 2004

::El hombre duplicado::

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Un par de veces en la vida (probablemente màs), me ha tocado ver personas por la calle, dentro y fuera de Monterrey, idènticas a familiares, amigos ò conocidos (al menos, idènticas fìsicamente). Ha habido ocasiones en que el parecido es tal, que me he acercado a saludar... y no es sino hasta que me muestran alguna identificaciòn, que corroboro que no es la persona que creo; eso me pasò hace unos cuatro años (en Dallas) con un señor que, pensè, era mi tìo. Algo de esa naturaleza lo saca a uno de onda...

...Ahora imagina que te encuentras con alguien idèntico a la persona que mas conoces.
Alguien idèntico a tì.

¿Còmo saber quienes somos? ¿En què consiste la identidad? ¿Què nos define como personas individuales y ùnicas? ¿Podemos asumir que nuestra voz, nuestros rasgos, hasta la mìnima marca distintiva, se repita en otra persona? ¿Podrìamos intercambiarnos con nuestro doble sin que nuestros allegados lo percibiesen? Estas son algunas preguntas que Tertuliano Màximo Afonso deberà formularse y responderse a sì mismo cuando encuentre a su duplicado dentro de una pelìcula de serie B... ya no les cuento màs, mejor traten de conseguir y leer "El hombre duplicado" de Josè Saramago, publicado por Alfaguara.

Palabras de Renato a las 5 de Abril 2004 a las 10:20 PM
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EL VALOR, ESA CONDICION HUMANA QUE CRECE Y SE DUPLICA
¿Qué hace uno cuando se da cuenta de que por allí, en nuestra misma ciudad, camina un individuo exactamente igual, con nuestra misma cara, nuestra misma misma voz, nuestras mismas cicatrices?

No es un clon, no. Porque los clones, si es que de verdad van a existir, responden a una voluntad, la de su modelo, padre, gestor o como quiera que se le llame. La doble presencia de nuestro personaje no corresponde a ninguna. Es simplemente un error de la naturaleza.

No. Se trata de un hombre con voluntad propia, de personalidad propia, y con el mismo deseo de identidad como el que todos llevamos dentro.

Bueno, yo diría que lo primero que haríamos sería contárselo a alguien muy cercano, digamos, nuestra esposa.

Pero nuestro personaje, que tiene un nombre único, Tertuliano, no tiene esposa. Tiene una novia con la que no está muy decidido a continuar. Tampoco tiene hermanos. Una madre sí tiene. Bueno, todos tenemos una madre, excepto los clones, pero él la tiene viva. Lo malo es que tampoco comparte mucho con ella, y además la viejecita vive a muchos kilómetros de distancia, más o menos como en Liberia, para aquellos que tienen la desdicha de vivir en San José.

Tal vez se lo contaría a un amigo, pero nuestro personaje tampoco tiene amigos, ¡vaya tipo raro! (¿raro?).

Y él se desespera en su desgracia, sufre y se lamenta de la vida. Como un adolescente con una enamorada, busca mil trucos para olvidar; luego, para localizar a su doble; después, para huir de su encuentro; más tarde, para ir a su encuentro. Toda su vida se convierte en una desesperanza de pesadilla, una pesadilla de la que va despertando como en esos cuentos de terror, donde el despertar es la caída en la pesadilla verdadera. Y de pesadilla (se me eriza la piel) es el desenlace de esta historia.

Dicen que las novelas se dividen en tres tipos o grupos: las de personaje (la más típica es el Quijote); la de argumento, que son la mayoría, que terminan cuando termina la historia; y las de situación, que se solazan en dar vuelta y vuelta como un tornillo sin fin alrededor de un malentendido, una situación engorrosa o algún otro hecho patas arriba. Estas terminan cuando el hecho se pone de pie. Esta novela sería de estas últimas, y a uno le da la sensación de que a la vuelta de la página los dos seres idénticos se van a encontrar, con mucho nerviosismo al comienzo, con cordialidad luego, se van a dar la mano, hasta se invitarán a una cerveza y parte sin novedad.

Pero en la novela la situación no es tan simple. Ambos simplemente se juegan la vida, y en ese juego se les va, simplemente, la vida.

Saramago ha dicho que esta es su novela más filosófica. Cuesta creerlo, de verdad, porque lo primero que se le viene a uno a la mente es "El evangelio según Jesucristo", una recreación audaz del surgimiento del catolicismo y que pareciera la más filosófica de todas, o "La balsa de piedra", un viaje por los mares del mundo que es un viaje por la vida. O, en fin, las otras.

Pero esta tiene algo de suspenso, de buen suspenso, además de humor, amargura, desesperación y, a primera vista, muy poco de filosófico.

Pero quizá, pensándolo bien, y sin hacerle mucho caso a Saramago (los autores son los peores críticos de sus obras) aquí están contenidos grandes y graves temas de la existencia humana. El primero (y esto ya lo han dicho muchos) el tema de la identidad. ¿Cuál es el límite en yo comienzo a ser yo? ¿Cuánto tengo que diferenciarme de los otros para ser yo realmente este que ahora escribe? El tema del yo, de este ser irrepetible a través de los cambios de vestido, de profesión, de células, de alimentos, fue uno de los más inquietantes de la historia de la filosofía.

Pero existen otras aristas (Saramago no lo dice) en torno a este tema. Pensemos no más en esta relamida tendencia de nuestro siglo que nos obliga a pensar que solo se tiene buen gusto si uno se parece a los demás, y pierde el buen gusto cada vez que se diferencia.

Ahora parece que todos somos seres repetibles y repetidos, no una ni mil veces, sino millones. Me enerva pensar que en la India o Singapur otro tipo como yo tenga mis mismos gustos, o mejor, tenga que tenerlos. Ir a comer determinada pizza o hamburguesa, tomar determinado refresco, usar el tipo de colonia que le imponen las trasnacionales, vestirse con el gusto que le defina Miami. Y ni qué decir con lo poco o lo mucho (mejor si es poco) que llevamos en la cabeza. Clones perfectos, que odian de igual manera a Bin Laden y a Hussein y lloran de la misma forma con las historia dulcetes que los gringos nos recetan en Navidad (perdón, para Santa Claus). Es una realidad ante la cual uno siente el mismo terror de Tertuliano.

Saramago nos pone frente a frente ante la tragedia del hombre repetido. Claro que al comienzo parece tonto, tan tonto como ese prurito de diferenciarse; y uno se desespera pensando que ese detalle podría arreglarse de una manera muy simple. ¿Pero de verdad es simple la manera de ser diferente, aunténtico, como suele decirse en filosofía, único, irrepetible, yo?

"El hombre duplicado" (la novela) tiene también mucho de clon, pero esto no es un defecto. Repite en lo bueno el buen arte de narrar de su autor. Sabrosos diágolos, situaciones que parece que se narran por sí mismas, observaciones ingeniosas que increpan al lector y ese raro don que sólo él tiene y que consiste en que cuando uno ya no sabe por donde va a seguir la historia, se encuentra con una sorpresa. Y ésta, la sorpresa, lo recibe a uno en cada página.

Es una suerte que tengamos a Saramago, es decir, al novelista que supo, a finales del milenio de la novela y cuando creíamos que esta se estaba muriendo, renovar el género y enseñarlos esa virtud que el ser humano, creíamos, estaba a punto de perder: el arte de narrar historias.

Escrito por Inocencio Gil Puertas a las 28 de Abril 2004 a las 12:27 PM
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